Londres, 1820.
Carla Bellandi ha aprendido a vivir sin pedir permiso. Llegada de Italia, contempla el rígido mundo de la aristocracia inglesa con la libertad de quien nunca ha terminado de pertenecer a él. Allí conoce a Adrian Ashcombe, duque de Everingham, un hombre educado para creer que el deber siempre debe imponerse al deseo.
Ella desafía las normas porque nunca encontró refugio en ellas.
Él las defiende porque sabe lo que puede ocurrir cuando se rompen.
Entre los dos nace una atracción que ninguno esperaba y que ambos intentan combatir por razones muy distintas. Mientras Carla descubre que el amor exige una confianza que jamás creyó posible, Adrian lucha contra un pasado que le ha enseñado que una sola decisión puede perseguir a una familia durante generaciones.
En un mundo donde el apellido pesa más que los sentimientos y las apariencias parecen decidir el destino de las personas, ambos deberán preguntarse qué están dispuestos a perder para ser fieles a sí mismos.
Nunca he sabido en qué momento empezó todo.
Tal vez la escritura no comienza cuando aparecen las palabras, sino cuando una aprende a reconocer aquello que llevaba años llamándola en silencio.
A mí me sucedía frente a las cosas más humildes: una piedra desgastada por la lluvia, un camino antiguo que ya nadie recordaba, la luz detenida sobre los muros de una abadía, el eco de un nombre que seguía vivo mucho después de que quien lo pronunció hubiera desaparecido.
Durante mucho tiempo pensé que estaba buscando historias.
Ahora creo que buscaba permanencias.
La Historia siempre ha cambiado de rostro. Los reinos nacen y se desvanecen. Las fronteras se dibujan y se borran. Sin embargo, hay algo que resiste ese incesante movimiento: el deseo de ser amado, el miedo a perder aquello que nos sostiene, la necesidad de encontrar un lugar al que el alma pueda llamar hogar.
Es ahí donde nace mi escritura.
No en los grandes acontecimientos, sino en aquello que sucede mientras el mundo parece mirar hacia otra parte.
Una mirada que permanece un instante más de lo necesario.
Una promesa guardada durante años.
Una ausencia que continúa ocupando una silla.
El temblor casi imperceptible de quien está a punto de cambiar para siempre y todavía no lo sabe.
Con el tiempo comprendí que escribir una novela es, para mí, una forma de escuchar.
Escuchar a quienes quedaron fuera de los relatos oficiales. A las mujeres cuya memoria fue escrita por otros. A los hombres que descubrieron demasiado tarde que ninguna victoria puede proteger un corazón del amor o de la pérdida. A todos aquellos que siguieron adelante llevando consigo la vida de quienes los precedieron, como si cada generación recibiera una llama pequeña que no debe dejar apagarse.
Quizá por eso regreso una y otra vez al pasado.
No para escapar del presente, sino para recordar que las preguntas esenciales apenas han cambiado. Seguimos buscando sentido. Seguimos aprendiendo a despedirnos. Seguimos esperando que alguien nos mire y nos reconozca por quienes somos, más allá del tiempo que nos ha tocado vivir.
Si estas páginas consiguen acompañarte durante un trecho del camino; si al cerrarlas permanece una imagen, una emoción o un silencio que continúe respirando dentro de ti, entonces este viaje habrá encontrado también su lugar en el mundo.
Gracias por caminar conmigo.
Con afecto,
Alma Vinter