Desde que regresó de la guerra, Alistair Cheswick, duque de Carrisford, vive recluido entre los muros de su mansión londinense. Las cicatrices que el fuego dejó sobre una mitad de su rostro son visibles para todos; las que oculta en el corazón, no. Convencido de que ha perdido para siempre el derecho al amor y a la felicidad, ha convertido la soledad en refugio y el aislamiento en costumbre.
Con el paso de los años, la sociedad ha tejido toda clase de historias a su alrededor. Algunos lo consideran una figura trágica. Otros lo llaman monstruo. La mayoría prefiere fingir que no existe. Y Alistair, oculto tras su propia leyenda, hace tiempo que dejó de intentar desmentirlos.
Penelope Penhaligon no tiene tiempo para leyendas.
Hija de un vicario de Northmere y costurera por necesidad, ha aprendido que la supervivencia exige valor, trabajo y una férrea independencia. Cuando una deuda injusta la lleva hasta las puertas de Carrisford House, está decidida a reclamar lo que le pertenece, aunque para ello deba enfrentarse al hombre más temido de Londres.
Lo que ninguno de los dos espera es que aquel encuentro altere el rumbo de sus vidas.
Mientras Penelope abre ventanas que llevaban años cerradas y devuelve la luz a una casa dominada por el silencio, el duque descubre que las cicatrices de la guerra no son las únicas cadenas que lo mantienen prisionero. Entre un matrimonio nacido de la conveniencia, un acuerdo destinado a fracasar y una sociedad dispuesta a juzgarlos a ambos, deberán decidir si el amor puede sobrevivir allí donde el orgullo, el miedo y las viejas heridas han echado raíces.
Porque algunas cicatrices son visibles.
Y otras solo empiezan a sanar cuando alguien se atreve a mirar más allá de ellas.
Desde muy temprano sentí que el mundo no terminaba en lo visible.
Había algo más… algo que latía bajo la superficie de las cosas: en los paisajes, en los nombres antiguos, en los símbolos que parecían guardar una verdad que no necesitaba ser explicada.
Fue allí, en esa intuición silenciosa, donde encontré un lugar al que regresar una y otra vez.
Un territorio interior donde el tiempo no se mide en años, sino en huellas.
Donde lo que ha sido y lo que aún vive se entrelazan sin ruptura.
No escribo únicamente para relatar acontecimientos.
Escribo para acercarme a lo que perdura.
A esa marca invisible que no se desvanece.
A esa voz antigua que atraviesa la sangre, los sueños… y las decisiones que, sin hacer ruido, transforman una vida entera.
Para mí, las historias no son un adorno.
Son caminos.
Espacios donde algo en nosotros se reconoce antes incluso de comprender.
En ellas habitan mujeres que intentan sostenerse cuando todo lo que conocían se tambalea,
y hombres que descubren —a veces demasiado tarde— que la fuerza no siempre basta para sostener lo que importa.
A través de sus trayectorias busco ese punto donde convergen la tierra, la memoria y el alma.
Ese lugar donde lo humano se vuelve verdadero.
Escribir es, para mí, una forma de escuchar.
De atender a aquello que no se dice, pero permanece.
Como en los antiguos telares, cada palabra es un hilo.
Y cada historia, una parte de un tejido mayor, uno que nos une incluso cuando no sabemos nombrarlo.
Gracias por detenerte aquí.
Por abrir espacio a esta historia.
Y por permitir que, de alguna manera, también llegue hasta ti.
Con gratitud sincera,
Cléa Rêvalys