En la Escocia de comienzos del siglo XIV, mientras Robert de Bruce lucha por conservar una corona conquistada con sangre, la frontera arde entre incursiones, venganzas y juramentos rotos. Ingleses y escoceses viven atrapados en una guerra donde la lealtad vale más que la vida y donde los viejos símbolos de las Highlands todavía laten bajo la niebla y los bosques.
En el castillo de Caer Braenn, Ailis de Dunmaraig ha crecido entre deberes nobles y alianzas políticas, protegida por su hermano Aerwyn, un caballero inglés leal al rey Eduardo. Sensible, obstinada y más valiente de lo que aparenta, Ailis nunca ha encajado del todo en el mundo dócil que esperan de ella.
Todo cambia la noche en que conoce a Eòran Braeghan, un joven guerrero escocés capturado tras una emboscada. Alto, indomable y marcado por una furia que parece venir de muy antiguo, Eòran despierta en ella una inquietud imposible de ignorar. Cuando descubre que será ejecutado al amanecer, Ailis toma una decisión capaz de alterar el curso de muchas vidas: abrir su celda y dejarlo escapar.
Cuatro años después, la guerra ha cambiado Escocia.
Los hombres de Robert de Bruce se han convertido en sombras temidas al otro lado de la frontera. Entre ellos destaca una figura envuelta en leyenda: el Ciervo Negro, un guerrero feroz que aparece entre la niebla y desaparece antes del amanecer. Algunos lo llaman héroe. Otros, monstruo.
Ailis reconoce ese nombre de inmediato.
Eòran Braeghan ya no es el joven al que salvó tiempo atrás. La guerra lo ha cubierto de cicatrices y silencio. Cuando una incursión escocesa la deja en sus manos, ambos quedan atrapados entre la lealtad, el deseo y el odio que divide a sus pueblos.
Pero bajo la leyenda del Ciervo Negro, Ailis todavía alcanza a ver al hombre que una vez arriesgó todo por protegerla. Y Eòran deberá decidir si es capaz de abandonar la venganza antes de perderla para siempre.
Porque algunas historias de amor nacen en mitad de la guerra, allí donde sólo existen fuego, niebla y acero.
Crecí entre crónicas olvidadas, mapas cubiertos de niebla y cielos donde cada estrella parecía guardar un lenguaje antiguo. En la ficción histórica encontré un lugar donde la memoria y la emoción podían caminar juntas, como dos ríos que terminan encontrándose bajo la misma luna. Nunca me ha bastado con contar acontecimientos; lo que busco es rozar aquello que permanece dormido bajo la superficie: la huella invisible de quienes fuimos, la intuición antigua que aún vive en la sangre, en los sueños y en esas decisiones silenciosas capaces de cambiar una vida.
Para mí, las historias son mucho más que entretenimiento. Son senderos hacia lo esencial, puertas que devuelven al corazón lo que el tiempo y el ruido del mundo intentan borrar. Por eso mis personajes suelen habitar fronteras: mujeres que tratan de reconciliar su voz con el lugar que ocupan, hombres desgarrados entre la lealtad, el amor y las heridas que arrastran. A través de ellos intento honrar ese vínculo sagrado entre la tierra, la memoria y el alma humana.
Escribo porque siento que toda narración nace primero de la escucha. De prestar atención a ecos que vienen de lejos, como si cada historia hubiera existido antes de ser escrita. Y quizá sea así. Cada palabra se convierte entonces en un hilo más dentro de un tapiz inmenso y antiguo que seguimos tejiendo entre todos, generación tras generación.
Gracias por abrir un espacio para compartir conmigo este pequeño fragmento del camino. Ojalá podamos seguir encontrándonos entre historias, símbolos y silencios, mientras continúo tejiendo, desde este rincón del mundo, mi humilde hilo en el gran telar de la memoria.
Con afecto sincero y un agradecimiento profundo,