Nunca he acertado a leer los libros de Pereda con la impasibilidad crtica con que leo otros libros. Para m (y pienso que lo mismo sucede a todos los que hemos nacido de peas al mar), esos libros, antes que juzgados, son sentidos. Son algo tan de nuestra tierra y de nuestra vida, como la brisa de nuestras costas o el maz de nuestras mieses. Pocas veces un modo de ser provincial ha llegado a traducirse con tanta energa en forma de arte. Porque Pereda, el ms montas de todos los montaeses, identificado con la tierra natal, de la cual no se aparta un punto y de cuyo contacto recibe fuerzas, como el Anteo de la fbula, apacentando sin cesar sus ojos con el espectculo de esta naturaleza dulcemente melanclica, y descubriendo sagazmente cuanto queda de potico en nuestras costumbres rsticas, ha trado a sus libros la Montaa entera, no ya con su aspecto exterior, sino con algo ms profundo e ntimo, que no se ve, y, sin embargo, penetra el alma; con eso que el autor y sus paisanos llamamos el sabor de la tierruca, encanto misterioso, producidor de eterna saudade en los numerosos hijos de este pueblo cosmopolita, separados de su patria por largo camino de montes y de mares.
Esta recndita virtud es la primera que todo montas, aun el ms indocto, siente en los libros de Pereda, y por la cual, no slo los lee y relee, sino que se encaria con la persona del autor, y le considera como de casa. No s si ste es el triunfo que ms puede contentar la vanidad literaria. S nicamente que al autor le agrada ms que otro alguno; y en verdad que puede andar orgulloso quien ha logrado dar forma artstica y, en mi entender, imperecedera, al vago sentimiento de esta nuestra raza septentrional, que con rebosar de poesa, no haba encontrado hasta estos ltimos tiempos su poeta.
Le encontr al fin, y le reconoci al momento, cuando lleg a sus odos el eco profundo y melanclico de La Leva y de El fn de una raza, o cuando vi desplegarse a sus ojos, en minucioso lienzo holands o flamenco, avivado por toques de vigor castellano, el panorama de La Robla o de La Romera del Carmen, el nocturno solaz de la Hila al amor de los tizones, o el viaje electoral de don Simn de los Peascales por la tremenda hoz de Potes. Mirse el pueblo montas en tal espejo, y no slo vi admirablemente reproducida su propia imagen, sino realzada y transfigurada por obra del arte, y se encontr ms potico de lo que nunca haba imaginado, y le pareci ms hermosa y ms rica de armonas y de ocultos tesoros la naturaleza que cariosamente le envolva, y aprendi que en sus repuestos valles, y en la casa de su vecino, y en las arenas de su playa, haba ignorados dramas, los cuales slo aguardaban que viniera tan soberano intrprete de la realidad humana a sacarlos a las tablas y exponerlos a la contemplacin de la muchedumbre.