Esta recndita virtud es la primera que todo montas, aun el ms indocto, siente en los libros de Pereda, y por la cual, no slo los lee y relee, sino que se encaria con la persona del autor, y le considera como de casa. No s si ste es el triunfo que ms puede contentar la vanidad literaria. S nicamente que al autor le agrada ms que otro alguno; y en verdad que puede andar orgulloso quien ha logrado dar forma artstica y, en mi entender, imperecedera, al vago sentimiento de esta nuestra raza septentrional, que con rebosar de poesa, no haba encontrado hasta estos ltimos tiempos su poeta.
Le encontr al fin, y le reconoci al momento, cuando lleg a sus odos el eco profundo y melanclico de La Leva y de El fn de una raza, o cuando vi desplegarse a sus ojos, en minucioso lienzo holands o flamenco, avivado por toques de vigor castellano, el panorama de La Robla o de La Romera del Carmen, el nocturno solaz de la Hila al amor de los tizones, o el viaje electoral de don Simn de los Peascales por la tremenda hoz de Potes. Mirse el pueblo montas en tal espejo, y no slo vi admirablemente reproducida su propia imagen, sino realzada y transfigurada por obra del arte, y se encontr ms potico de lo que nunca haba imaginado, y le pareci ms hermosa y ms rica de armonas y de ocultos tesoros la naturaleza que cariosamente le envolva, y aprendi que en sus repuestos valles, y en la casa de su vecino, y en las arenas de su playa, haba ignorados dramas, los cuales slo aguardaban que viniera tan soberano intrprete de la realidad humana a sacarlos a las tablas y exponerlos a la contemplacin de la muchedumbre.