Esa tesis nos llevó a distinguir tres planos en los que el cuerpo recuerda:
El físico-biológico: la evolución, la genética, la epigenética (con cautela), la memoria implícita, el trauma somático y la interocepción.
El mental-somático: los hábitos, el condicionamiento, la cognición encarnada y los marcadores somáticos.
El energético-kármico: los saṃskāras, las vāsanās, el prārabdha, el cuerpo sutil, el prana, los nadis y los chakras.
El primer libro exploró estos planos con una pregunta práctica: si el cuerpo acumula memoria, ¿cómo podemos vivir con ella de manera consciente en lugar de compulsiva? La respuesta, expuesta a lo largo de catorce capítulos, fue una brújula: la integridad no es moralidad, sino coherencia. No se trata de evitar el mundo, sino de no disiparse en él.
Ahora, en esta segunda parte, la pregunta se vuelve más técnica: ¿cómo funciona esa acumulación? ¿Qué mecanismos permiten que el contacto deje huella? ¿Cómo se transmiten las impresiones de una persona a otra, de un objeto a un cuerpo, de un lugar a un habitante? ¿Por qué ciertos vínculos pesan más que otros? ¿Cómo se sobrecargan los circuitos de la memoria y cómo se descargan?
Para responder a estas preguntas, vamos a adentrarnos en el universo conceptual de una obra singular: Mecanismos da Mediunidade, dictada por el espíritu André Luiz a través de los médiums Francisco Cândido Xavier y Waldo Vieira, publicada en 1959.