Partimos de una premisa sencilla y, a la vez, difícil de sostener: el cuerpo no es solo materia. Es archivo, frontera y campo de intercambio. Lo que llamamos "mi cuerpo" es, en gran medida, una acumulación de memorias: la de los antepasados cuya forma todavía se lee en nuestros rasgos; la de la especie que nos modeló a lo largo de eones; la de los lugares que habitamos, las personas que tocamos, las sustancias que consumimos y los ambientes en los que nos movemos. Cada relación puede dejar una huella.
Este libro no pide creer. Pide observar. No se dirige a quien busca confirmar una fe ni a quien busca refutarla. Se dirige a quien se ha preguntado, alguna vez, por qué ciertos lugares lo tranquilizan y otros lo agotan; por qué hay personas que te hacen sentir como que vuelas y otras que te hacen sentir como un lastre; por qué ciertos contactos se sienten como una disipación y otros como un enriquecimiento; por qué el exceso de estímulo produce placer sin alegría. No hace falta descartarlas de entrada como fantasías. Pueden leerse como señales de una experiencia cotidiana: la de un cuerpo que se ve afectado por lo que toca, por lo que habita y por aquello con lo que se vincula.