Los Hombres de Pro

· Library of Alexandria
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Nunca he acertado a leer los libros de Pereda con la impasibilidad cr’tica con que leo otros libros. Para m’ (y pienso que lo mismo sucede a todos los que hemos nacido de pe–as al mar), esos libros, antes que juzgados, son sentidos. Son algo tan de nuestra tierra y de nuestra vida, como la brisa de nuestras costas o el ma’z de nuestras mieses. Pocas veces un modo de ser provincial ha llegado a traducirse con tanta energ’a en forma de arte. Porque Pereda, el m‡s monta–Žs de todos los monta–eses, identificado con la tierra natal, de la cual no se aparta un punto y de cuyo contacto recibe fuerzas, como el Anteo de la f‡bula, apacentando sin cesar sus ojos con el espect‡culo de esta naturaleza dulcemente melanc—lica, y descubriendo sagazmente cuanto queda de poŽtico en nuestras costumbres rœsticas, ha tra’do a sus libros la Monta–a entera, no ya con su aspecto exterior, sino con algo m‡s profundo e ’ntimo, que no se ve, y, sin embargo, penetra el alma; con eso que el autor y sus paisanos llamamos el sabor de la tierruca, encanto misterioso, producidor de eterna saudade en los numerosos hijos de este pueblo cosmopolita, separados de su patria por largo camino de montes y de mares.

Esta rec—ndita virtud es la primera que todo monta–Žs, aun el m‡s indocto, siente en los libros de Pereda, y por la cual, no s—lo los lee y relee, sino que se encari–a con la persona del autor, y le considera como de casa. No sŽ si Žste es el triunfo que m‡s puede contentar la vanidad literaria. SŽ œnicamente que al autor le agrada m‡s que otro alguno; y en verdad que puede andar orgulloso quien ha logrado dar forma art’stica y, en mi entender, imperecedera, al vago sentimiento de esta nuestra raza septentrional, que con rebosar de poes’a, no hab’a encontrado hasta estos œltimos tiempos su poeta.

Le encontr— al fin, y le reconoci— al momento, cuando lleg— a sus o’dos el eco profundo y melanc—lico de La Leva y de El f’n de una raza, o cuando vi— desplegarse a sus ojos, en minucioso lienzo holandŽs o flamenco, avivado por toques de vigor castellano, el panorama de La Robla o de La Romer’a del Carmen, el nocturno solaz de la Hila al amor de los tizones, o el viaje electoral de don Sim—n de los Pe–ascales por la tremenda hoz de Potes. Mir—se el pueblo monta–Žs en tal espejo, y no s—lo vi— admirablemente reproducida su propia imagen, sino realzada y transfigurada por obra del arte, y se encontr— m‡s poŽtico de lo que nunca hab’a imaginado, y le pareci— m‡s hermosa y m‡s rica de armon’as y de ocultos tesoros la naturaleza que cari–osamente le envolv’a, y aprendi— que en sus repuestos valles, y en la casa de su vecino, y en las arenas de su playa, hab’a ignorados dramas, los cuales s—lo aguardaban que viniera tan soberano intŽrprete de la realidad humana a sacarlos a las tablas y exponerlos a la contemplaci—n de la muchedumbre.

Nunca he acertado a leer los libros de Pereda con la impasibilidad cr’tica con que leo otros libros. Para m’ (y pienso que lo mismo sucede a todos los que hemos nacido de pe–as al mar), esos libros, antes que juzgados, son sentidos. Son algo tan de nuestra tierra y de nuestra vida, como la brisa ...

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