Londres, 1811.
En una ciudad sostenida por fortunas que vienen de ultramar y silencios cuidadosamente administrados, Eliseth Fairleigh aparece como una presencia imposible de clasificar. Es recibida en los salones más exclusivos no solo por su elegancia discreta, sino por una independencia que desconcierta: no necesita agradar, no busca protección y jamás explica del todo de dónde viene su dinero… ni su temple.
Criada lejos de Inglaterra, en territorios marcados por otros códigos —más antiguos, más duros— Eliseth carga con un legado que no puede nombrarse sin ponerse en peligro. Su pasado no es una anécdota exótica, sino una herencia viva que la ha formado en el honor, la contención y una noción del deber ajena a la frivolidad londinense. En ella hay algo que observa antes de entregarse, que mide antes de confiar.
Armand, marqués de Armandel, no es un seductor común. Bajo su ironía y su fama de hombre invulnerable, esconde una mente entrenada para detectar fisuras: secretos, amenazas, verdades mal enterradas. Acostumbrado a leer a las personas como otros leen mapas, reconoce en Eliseth algo inquietante: no juega a esconderse, protege algo. Y esa diferencia lo desarma.
Entre ambos no nace una atracción fácil, sino una tensión hecha de silencios y preguntas sin respuesta. Eliseth reconoce en Armand una nobleza que no se impone; Armand intuye que acercarse a ella implica renunciar al control y respetar un misterio que no le pertenece.
Cuando una intriga ligada a viejas deudas y violencias soterradas amenaza con revelar lo que Eliseth ha jurado proteger, ambos quedan unidos por una alianza frágil, donde el deseo se confunde con el deber. Amar, en este mundo, es una elección.
Eliseth no puede ser descubierta.
Armand deberá decidir si protege la verdad… o el silencio que la mantiene a salvo.
ARHANE IGYA: Soy narradora de historias, tejedora de palabras que nacen del alma y se hunden en las raíces del tiempo. Creo profundamente en el poder de los relatos: no solo entretienen, "sanan, despiertan y nos recuerdan quiénes somos". Las historias atraviesan la razón y tocan algo más antiguo que la memoria: el saber ancestral que aún vive en nuestras venas.
Mi pluma viaja entre "robles milenarios, espadas en alto y miradas que cruzan los siglos". Me inspiro en las tierras brumosas de Escocia, en sus clanes, sus batallas, sus leyendas, y en las mujeres que, contra todo, luchan por el amor verdadero. En mis cuentos de "romance medieval", el honor tiene eco druídico, el tiempo se pliega sobre sí mismo, y los "círculos de piedra" guardan secretos que aún susurran a quienes saben escuchar.
He escrito sobre el "lamento de las tormentas", la "Tierra Oculta", y ese amor que nace en el alma antes que en los ojos. El viaje en el tiempo no es un artificio, sino un puente interior entre lo que fuimos y lo que aún somos.
A medida que escribo desde este lugar de intuición profunda, he descubierto que muchas lectoras se sienten llamadas por estas historias. Quizá porque, en lo más hondo, "hay verdades que reconocemos sin saber cómo", y las historias son las llaves que nos permiten recordarlas.
Gracias por acompañarme en este camino de letras. Desde mi rincón del mundo, seguiré entretejiendo mi hilo en este tapiz de voces antiguas, con amor, con gratitud, y con la certeza de que las historias, cuando nacen del corazón, siempre encuentran su hogar.