Escocia, 1311.
Darach Arduin ha pasado la vida moviéndose entre sombras. Miembro de la legendaria Guardia del Cuervo Blanco, los ingleses lo conocen como el Zorro Rojo: un hombre capaz de cruzar las Highlands siguiendo rastros invisibles, robar mensajes al enemigo y desaparecer entre la niebla antes de que nadie logre atraparlo.
Pero ni la guerra ni los campos de batalla lo han preparado para Eirlys Vaelin.
Disfrazada de monja y al servicio secreto del Rey Aedan —cuya causa se sostiene también gracias a la vasta red de mensajeros de la Iglesia—, Eirlys arriesga la vida atravesando una Escocia devastada por la guerra. No piensa entregar su destino a un matrimonio impuesto ni pasar la vida encerrada tras los muros de un castillo.
Lo último que necesita es un guerrero Highlander empeñado en protegerla.
Obligados a huir juntos a través de las fronteras del norte, Darach y Eirlys descubrirán que algunas heridas no las deja la guerra… sino el miedo a amar.
Y que, a veces, el verdadero hogar no es un lugar.
Sino la persona capaz de encontrarte incluso en mitad de la niebla.
Desde niña he sentido una atracción difícil de explicar hacia todo aquello que el tiempo parece haber dejado atrás. Los senderos antiguos envueltos en bruma, las ruinas que aún conservan nombres borrados por los siglos, los símbolos grabados en la piedra que parecen contener secretos imposibles de traducir del todo… siempre me han hablado de una memoria que no desaparece, sino que permanece dormida bajo la superficie del mundo.
Tal vez por eso escribo.
No solo para recrear épocas remotas o levantar escenarios del pasado, sino para explorar aquello que sigue latiendo a través de los años: las huellas invisibles que unas vidas dejan sobre otras, el eco de las pérdidas, el peso silencioso de las decisiones y esa llamada interior que, a veces, conduce a las personas hacia destinos que jamás imaginaron.
Para mí, las historias son una forma de volver.
De regresar a un lugar íntimo y antiguo donde conviven la belleza y la herida, la nostalgia y el deseo, sin necesidad de justificarse.
En ellas encuentro mujeres que avanzan entre la fidelidad a lo que aman y el anhelo de aquello que aún no conocen; hombres atravesados por la culpa, la guerra o el honor; y paisajes que no son solo escenario, sino presencia viva, casi un reflejo del alma de quienes los habitan. Me conmueve especialmente ese instante en que el ser humano comprende que existen fuerzas imposibles de dominar: el amor, la pérdida, la tierra que uno siente como propia.
Con el tiempo, escribir se ha convertido para mí en una manera de escuchar las voces antiguas que aún resuenan en el silencio.
Como quienes, siglos atrás, tejían pacientemente los tapices de las Highlands hilo a hilo, intento entrelazar memoria, emoción y símbolos hasta dar forma a relatos que respiren por sí mismos. Quizá porque, en el fondo, todos buscamos lo mismo: reconocernos en algo que nos trascienda, una memoria compartida, un sueño heredado, una verdad antigua que apenas sabemos pronunciar.
Gracias por llegar hasta aquí.
Y gracias, sobre todo, por permitir que estas historias encuentren también un lugar en vuestra memoria.
Con sincera gratitud,
Arhane Igya