Leo y Clara alquilan un apartamento en la costa para aislarse del ruido y avanzar en sus proyectos. Invierno cerrado, calles vacías, persianas bajadas: el tipo de silencio que al principio cura… y luego aprieta.
Pero la calma empieza a fallar por detalles mínimos: un olor metálico que aparece y desaparece, moscas “demasiado recientes”, murmullos donde no debería haber nadie, y un pasillo que parece alargarse cuando cae la noche. La casa deja de ser un refugio y se convierte en un tablero donde las distancias mienten y la realidad se dobla.
Mientras fuera ruge el temporal, dentro crece algo peor: una presencia que no se comporta como una sombra, sino como una voluntad. Leo y Clara tendrán que aferrarse el uno al otro —y a la lógica— para no perderse en el lugar donde, se suponía, venían a salvarse.