Las alfombras de Belgravia ahogaban el crujido del roble, aislando el interior del estrépito continuo que lamía las fachadas, mientras el fango de Whitechapel y Fleet Street se incrustaba en el cuero de las botas obreras. En aquel intersticio operaba J.M. Black, imprimiendo cuadernillos a un penique que incomodaban a la alta sociedad antes de extinguirse en los kioscos de los callejones.
Detrás del seudónimo no se escondía ningún prófugo ni un expolicía con cuentas pendientes, sino Eleanor Vance, quien devoraba las horas muertas de la madrugada raspando papel barato con una plumilla seca. El cuello de su vestido de institutriz retenía el olor a cera fría de las estancias principales, y cada crujido en el piso superior bastaba para detenerle la mano sobre la mesa.
El margen se redujo el día en que alguien abrió el cajón incorrecto y el despido llegó sin una sola línea de recomendación que le abriera otra puerta en la ciudad. Con los picaportes cerrados en cada recibidor respetable, su único asidero fue Arthur Pendelton, un impresor consumido por la tos que sostenía a duras penas el taller de Blackwood & Sons al borde del desahucio.
Con los avisos anónimos acumulándose bajo la puerta y la presencia constante de los alguaciles en el callejón, la alianza se armó sola, empujada por la falta de opciones y por un monopolio editorial que compraba hasta la última resma disponible para ahogarlos. Entre el plomo de los tipos, el papel de estraza y los trapos manchados de grasa, el rodillo de la máquina volvió a girar.