En las llanuras intermareales que rodean Esbjerg, donde el agua estancada guarda más secretos que los vivos, un asesinato brutal sacude a la alta sociedad sureña. Dos jóvenes aparecen mutiladas. La policía actúa rápido. Demasiado rápido.
Mads Pedersen es arrestado y acusado de los crímenes.
Para todos, el caso está cerrado.
Para Agnete Aldrichsen, no.
Porque la noche del primer asesinato, Mads estaba con ella.
A escondidas.
En la oscuridad de un embarcadero, con el sonido del agua golpeando la madera y la sensación peligrosa de estar haciendo algo que no debía ocurrir.
Agnete conoce el magnetismo de Mads. Su encanto puede ser oscuro, incluso inquietante. Pero asesino… no.
Cuando aparece un nuevo cadáver, la policía habla de un imitador. Un copycat. Un segundo depredador aprovechando el caos.
Agnete, en cambio, siente que algo no encaja.
Cuanto más indaga, más descubre que en Esbjerg nada es lo que parece: ni las familias respetables, ni las fortunas heredadas, ni siquiera sus propios recuerdos de aquella noche.
Y si está equivocada…
habrá estado protegiendo a un monstruo.
El poder de las historias resuena en mí con una claridad casi visceral. Los hechos y los datos, por sí solos, no bastan: necesitamos relatos que atraviesen el velo de la razón y lleguen al corazón, a los huesos, a esa forma de saber antigua que todos llevamos dentro. Historias que nos devuelvan a nuestra esencia y nos despierten. Tal vez porque existen verdades que reconocemos aunque no sepamos explicarlas, y las historias son las llaves que nos permiten recordarlas.
Escribir, para mí, ha sido también una forma de evolución. Con el tiempo comprendí que cuanto más conscientemente tomaba decisiones en mi vida, más fuerte y autosuficiente me volvía. Vivo y pienso fuera de lo común, convencida de que la energía fluye hacia donde se dirige la mente. Escribo para comprenderme mejor, para dar claridad al pasado, situarme en el presente y orientarme hacia el futuro, intentando encontrar en ese proceso los momentos más luminosos de este mundo. Como diría mi querida Virginia Woolf: «Es una pena no decir nunca lo que se siente».
A medida que escribo, descubro que en lo más profundo existen verdades que intuimos sin saber cómo; por eso las historias, de algún modo, nos ayudan a reconocerlas. Escribir significa también disolverme en esas narraciones antiguas y mirar más allá del pasado: atravesar los momentos en los que fui rechazada, herida o quebrada, los lugares donde sufrí y luché. Al final, todo lo que he hecho es escribir, y ese acto se ha convertido en un trabajo honesto y profundamente significativo para mí.
Hace nueve años me mudé a Dinamarca, este archipiélago de islas, en busca de una vida más conectada con la escritura. Muchas de mis narraciones nacen de antiguas leyendas y relatos tradicionales que reinterpreto a mi manera, intentando mantener viva la emoción, la atmósfera de esas tierras y la intensidad de los amores imposibles.
Gracias por abrir este espacio. Me encantaría escucharos y, desde mi rincón del mundo, seguir entretejiendo mi hilo en este gran tapiz de historias.
Con amor y profunda gratitud,
Rebecca.