1853. En el extremo más salvaje de la costa de Yorkshire del Norte, entre acantilados azotados por el viento y las antiguas piedras de St. Bride's Abbey, un hombre busca una esposa.
No por amor.
No por romanticismo.
Solo porque está cansado de la soledad.
Julian Winterbourne ha pasado toda su vida luchando por sobrevivir. Huérfano, soldado, prisionero y hombre hecho a sí mismo, ha reconstruido una abadía en ruinas con la misma obstinación con la que ha intentado reconstruirse a sí mismo. Lo que no sabe es que algunas heridas no se curan con trabajo ni con tiempo.
Clara Fairchild llega a St. Bride's Abbey huyendo de un peligro que apenas se atreve a nombrar. Sin fortuna propia y perseguida por sombras que amenazan con alcanzarla, acepta un matrimonio con un desconocido porque necesita un refugio. Lo último que espera encontrar es un hombre tan reservado como leal, tan brusco como bondadoso.
Mientras el invierno se cierne sobre la abadía y el mar golpea los acantilados bajo sus ventanas, entre ambos nace algo más profundo que la atracción: una confianza frágil y preciosa que ninguno de los dos creía volver a sentir.
Pero el pasado no ha terminado con ellos.
Secretos familiares, viejas culpas y una verdad enterrada desde hace años amenazan con separarlos justo cuando empiezan a comprender que un hogar no es un lugar, sino una persona.
Porque a veces el mayor acto de valentía no consiste en sobrevivir.
Consiste en permitirse ser amado.
El poder de las historias me llega de manera profunda, casi visceral. Los hechos y los datos por sí solos no bastan: necesitamos relatos que atraviesen la razón y alcancen el corazón, los huesos, la memoria ancestral. Historias que nos reconecten con nuestra esencia y nos despierten. Tal vez porque hay verdades que sentimos aunque no podamos explicarlas, y las historias son las llaves que nos permiten recordarlas.
Escribir me ha enseñado el poder de evolucionar. Antes no entendía que cuanto más conscientes somos al tomar decisiones, más nos fortalecemos y nos volvemos autosuficientes. Vivo y pienso de manera poco convencional, y he aprendido que la energía sigue el rumbo de nuestros pensamientos. Escribo para comprenderme mejor, para aclarar el pasado y ubicarme en el presente, con la mirada puesta en el futuro, buscando los momentos más valiosos de la vida. Como decía mi querida Virginia Woolf: "Es una pena nunca decir lo que se siente".
A través de la escritura he descubierto que en lo más profundo existen verdades que reconocemos sin saber cómo, y las historias son las llaves que nos permiten recordarlas. Para mí, escribir significa sumergirme en esas historias antiguas, mirar más allá del pasado, de los momentos en que fui herida, rechazada o destrozada, de los lugares donde sufrí y luché. Todo lo que he hecho ha sido escribir, y ahora se ha convertido en un trabajo que me llena. Espero que este libro haya tocado sus almas. Vivo y pienso de manera poco común, creo en la fuerza interior y sé que la energía siempre sigue al pensamiento.
Gracias por abrir este espacio y por permitirme compartir mi hilo en este gran tapiz. Los quiero mucho y valoro cada comentario: todo lo que comparten conmigo tiene un significado enorme.
Con amor y gratitud,
Rebecca.