El pestillo estalló con el peso desmedido de Julián, un desastre crónico que coleccionaba pestillos rotos, pánico al limbo y pasteles de bodas arruinados en su historial. Tras el portazo que selló el armario de utilería, el aire olía a humedad y a huida improvisada del peor baile escolar de la temporada.
A su lado, Maya sostenía una piña de plástico como si fuera un escudo, huyendo de las pantallas y del excompañero que la había dejado en visto frente a toda la escuela. Su cinismo habitual se tensaba en los dedos.
Cuatro metros cuadrados repletos de polvo, sin una sola barra de cobertura celular y con una cebra disecada observando desde la penumbra. Las gomitas de emergencia pasaron de mano en mano entre chistes negros y confesiones que estiraban la medianoche. La farsa de casarse frente a un pollo de hule ajado terminó por resquebrajar las corazas. Sus rarezas, al fin, chocaron contra un terreno común.
Nota de estilo: la obra prescinde de descripciones densas. La narración fluye enteramente a través de diálogos directos, construyendo el romance y el desorden exclusivamente mediante las voces cruzadas de sus protagonistas.