Cuando los arqueólogos encontraron en Guarrazar (Guadamur, Toledo) en 1858 un conjunto de coronas votivas de oro incrustadas con zafiros, rubíes, esmeraldas y perlas, el mundo tuvo que revisar su imagen del arte visigodo. Aquellas coronas —entre ellas la de Recesvinto, que pende de 72 letras de oro formando el nombre del rey— no eran la obra de bárbaros sino de orfebres geniales que combinaban la tradición germánica de la joyería de cloisonné con influencias del arte romano tardío y bizantino. El arte visigodo —en sus coronas, sus iglesias de arcos de herradura, sus esculturas de capiteles y canceles— fue una de las síntesis más originales del Occidente medieval. Este libro lo recorre en toda su riqueza.
Cuando los arqueólogos encontraron en Guarrazar (Guadamur, Toledo) en 1858 un conjunto de coronas votivas de oro incrustadas con zafiros, rubíes, esmeraldas y perlas, el mundo tuvo que revisar su imagen del arte visigodo. Aquellas coronas —entre ellas la de Recesvinto, que pende de 72 letras de o...