Cuando ya el modernismo se había institucionalizado y la literatura y el arte caminan hacia las vanguardias, aunque predomina la «amena literatura», con El candelabro de los siete brazos Cansinos Assens se desmarca de su tiempo, como hizo siempre, y lanza a las mesas de los poetas en el café Colonial una colección de psalmos, de ritmo bíblico, en la que se desgrana su yo más íntimo y en la que se adivinan las profundas raíces judías de sus sentimientos. La tristeza, la pena errante, la rebeldía, el pesimismo son temas recurrentes de su prosa poética, que es también un canto a la vida. Vicente Huidobro, en Chile, publicará un libro de corte muy similar, Las pagodas ocultas, y pronto los dos se reunirán en Madrid para promover las vanguardias.
El estilo de la obra, observa Jorge Luis Borges en el prólogo de esta edición, es el de los Salmos, acentuado y modificado: «Cada una de las partes que lo integran tiene como nombre una letra del alefato hebreo. Las escenas transcurren en Madrid, pero el ambiente es oriental. Los lupanares son harenes; las mujeres que bailan son bayaderas; el Café Colonial es el café de los divanes rojos; las tertulias del Colonial son congregaciones sabáticas. En ese primer libro ya están, para quien sepa leer entre líneas (quizá el único modo de leer, dada la imperfección del lenguaje) la entonación, las cadencias, las preferencias, las vastas y vagas metáforas, el culto romántico del fracaso y hasta la biografía venidera de quien sería mi maestro.»