Si algo define la democracia, para Derrida, es el hecho de ser el único sistema abierto, el único capaz de permitir el derecho a la alteridad. Es esta exigencia de justicia la que desborda todo derecho y toda estructura estatal. La relación entre democracia y soberanía deviene así aporética, no tiene salida ni resolución, pero para todo Estado constituido, para todo sistema político que pretende cerrarse sobre sí mismo y legitimarse a partir de un principio fundador, la democracia será aquello tan difícil de realizar como de exorcizar. El resto no es sino totalitarismo.