Por eso evitamos hacerlo. Nos protegemos con silencios, con sonrisas forzadas, con frases vacías. Preferimos que el otro nos vea enteros, aunque por dentro nos estemos partiendo en pedazos. Vivimos con esas grietas, la cubrimos con distracciones, con rutina, con la idea de que el tiempo, tarde o temprano, la va a borrar. Pero el tiempo no borra nada, solo acumula el peso de lo que nunca dijimos. Y cuando el dolor se vuelve un compañero de vida, todo empieza a perder sentido. Los días pasan sin diferencia, las palabras de los demás suenan vacías, el mundo se siente como un lugar al que no pertenecemos.
Por suerte para esta historia, alguien nuevo llega. Para este joven, al cual la vida le habia enseñado a decepcionarse, a olvidar, a sufrir. Luego de unos siete años tragicos de dolor aparece una persona dispuesta a salvarlo. Historias como estas son las que cuesta creer, pero que nos da la fortaleza para hacerlo. Alguien que nos ve cuando nosotros ya habíamos dejado de intentarlo, alguien que, con pequeñas cosas, nos devuelve la capacidad de sentir. Un gesto, una risa compartida, una mano que nos sostiene sin pedir nada a cambio. Y sin darnos cuenta, lo que antes parecía gris empieza a llenarse de color. La vida, que había perdido todo sentido, se vuelve un poco más liviana.
Florencia es una historia sobre lo que pasa cuando alguien llega y nos cambia la vida sin proponérselo. Sobre el amor en su forma más pura, la compañía que sana, los momentos que nos devuelven la fe en todo lo que creíamos perdido. Es la historia de cómo, a veces, lo único que necesitamos para volver a vivir es que alguien, sin darse cuenta, nos enseñe a hacerlo otra vez.