En 2001, cuando por fin ha logrado recuperarse de la depresión, Isabel recibirá una nueva llamada que volverá a desestabilizar todo su mundo: un abogado quiere comprar las tierras de la familia Quesada, de la que ella es ya la única propietaria. Incapaz de tomar una decisión, Isabel decide viajar una última vez a Albacete para ver sus tierras, en especial la casona solariega, a la que no había vuelto desde la muerte de su abuelo.
Poco a poco irá descubriendo secretos familiares que habían permanecido cuidadosamente escondidos durante años... y volverá a toparse con la amenaza de la maldición de los Quesada mientras sale a relucir una y otra vez Pequeña flor, la melancólica canción que siempre tocaba su tío Saturnino al clarinete.