Arthur Conan Doyle, médico de formación y narrador de instinto poderosísimo, publicó las aventuras de Holmes en un momento especialmente fértil para la imaginación detectivesca. La segunda mitad del siglo XIX había convertido la ciudad moderna en un inmenso laboratorio de indicios: nuevas formas de prensa, expansión del ferrocarril, telégrafos, bancos, oficinas, suburbios, anuncios, sociedades discretas, identidades cambiantes y una multitud anónima que podía ocultar tanto una tragedia doméstica como una conspiración internacional. Londres, en estos relatos, no es solo un escenario envuelto en niebla. Es una máquina de producir enigmas. Sus calles, sus estaciones, sus clubes, sus pensiones y sus respetables salones burgueses forman una geografía moral en la que nada es del todo inocente y casi todo deja una marca.