El día de su partida fue el día más difícil del mí vida, de esos que todos sabemos que cuando llegue va a doler pero no sabemos cuánto verdaderamente, hasta que sucede.
Antes de irse le dejó dicho a mi abuela que era su deseo que yo conservara su guitarra pero, en medio de tanto dolor, jamás pude hacerla sonar.
Un día, indagando entre sus cosas, encontré una poesía escrita a mano y que al final firmaba con su nombre. Fue ahí cuando supe que él guió mis pasos a esa poesía escrita en aquel papel amarillento y olvidado, entre cuadernos y páginas sueltas, susurrandome al oído “aquí estoy”. Desde ese momento supe que la poesía nos conectaría eternamente, como un puente entre esta vida y la eterna, como la llave que encaja perfectamente en la cerradura de la puerta que impedía que esos sentimientos de dolor que dejó la ausencia y el amor que quedó en el recuerdo, sean liberados al fin.