¿Quién no ha oído hablar de Aquiles? ¿De Héctor? ¿De la bella Helena? ¿Quién no ha evocado alguna vez la Guerra de Troya hasta, prácticamente, en su quehacer diario? «Aquí va a arder Troya», se oye decir (y se dice) con frecuencia. La historia de estos referentes comienza aquí.
La Ilíada es la obra literaria más antigua de Occidente y su huella en toda la tradición literaria y cultural occidental es de tanta profundidad que difícilmente alguien puede no haberse topado con estos nombres o con sus historias a lo largo de su vida.
La muerte, el amor, la ira, el honor, la humillación, el destino, esos son los temas de la Ilíada y los responsables de la fascinación por esta historia, por este mýthos, desde hace más de dos mil quinientos años.
Aunque en buena medida el misterio que envuelve a Homero sigue vigente, en términos generales, hoy día se acepta la existencia, allá por el siglo viii a. C., de un poeta genial vinculado especialmente a la isla de Quíos y al que la tradición representa como un venerable ciego, que en su juventud llevó a cabo un poderosísimo poema sobre la toma de la ciudad más celebrada de la historia de la literatura, la Ilíada, y que en su vejez (en caso de que no lo hiciera un alumno aventajado) se decidió a narrar en la Odisea el apasionante viaje de regreso de Odiseo (o Ulises) a Ítaca.