Un café derramado. Un cuaderno devuelto. Una mirada que se sostiene un segundo de más.
Así empieza todo para Helena Wendlinger en su primer día en la Facultad de Veterinaria: de manera casual, inocente, casi intrascendente. Konrad Reinhardt es educado, reservado, un estudiante de Economía con unas manos llamativamente cuidadas que solo dice su apellido cuando ya no puede evitarlo. Los dos se enamoran despacio, con la cautela de quienes intuyen que lo importante no debe pronunciarse a la primera.
Pero en el preciso instante en que Helena espera sentada a su primera cita, comienza una segunda historia. Konrad no aparece. Su teléfono guarda silencio. Y un coche que llevaba horas en la esquina de una calle con el motor en marcha, sin que nadie subiera ni bajara, tiene sus motivos.
Lo que Helena aún no sabe esa noche es que Konrad pertenece a una familia que no figura en ninguna revista, pero que mueve ese dinero que prefiere no mostrarse. Una familia que lleva décadas decidiendo con quién cena su único hijo y con quién no debe cenar jamás. Una familia que ha calculado cada factor posible en la vida de Konrad.
Salvo ella.
El amor como objetivo es una novela sobre esa línea estrecha entre el deseo y el peligro, sobre el poder que decide en la sombra, y sobre una joven que es justo lo que ningún plan puede prever: el factor incalculado. Una historia de amor con la precisión de un thriller: silenciosa, lenta, doblemente cargada en cada respiración.
Para lectores de romantic suspense literario, novelas slow burn y relatos en los que una mirada pesa tanto como un disparo.